Identidad, esta
idea, esta palabra tan familiar y cómoda hasta que la podemos utilizar
naturalmente casi siempre precedida del adjetivo “mi”. Mi identidad, en
qué medida es precisamente la mia? En
qué medida yo me he estructurado a mi mismo, plasmado y gustado? Bueno, la
respuesta tal vez puede contrariarme, yo soy el resultado de una herencia
(mejor dicho de múltiples herencias). En mi confluyen modelos, carácteres,
tipos, categorías, prohibiciones, normas y la lista puede seguir. Después de
todo, sin una herencia lingűistica yo no conseguiría ni pensar, porque mi
idioma es el subestrato cognitivo que me permite acceder a la realidad con
todos sus nombres. Así el idioma, como los otros aspectos del mundo que yo
conozco y percibo, estaba ya listo para mi cuando nací. No tuve que hacer nada
más que asimilarlo o, para usar una palabra de la glotodidáctica, adquirirlo. Se
llama “lengua madre” porque gracias al contacto maternal se empieza a hablar, también
se le llama “lengua nativa” porque es el idioma aprendido desde el nacimiento. De
adultos somos libres de aprender otros idiomas, pero que nunca susituirán por
completo el estrato fundante que la primera lengua encarna por nuestras
facultades cognitivas primarias. Con exepción de los que son bilingűes desde sus
niñez. Ellos desde siempre representan un caso interesante para determinar si,
aunque cuando estén presentes dos idiomas igualmente adquiridos desde el
nacimiento, uno de lo dos (el maternal o el paternal) predomine sobre el otro. La
verdad es que los que alcanzan una buena abilidad en uno o más idiomas
extranjeros, pueden gozar el privilegio de experimentar más percepciones de la
realidad y más identidades. Que una predomine es normal, no importa mucho, el
milagro aquí es el de manejar más de una identidad potencial, que es nada más
nada menos una variación psicolingűistica de la nativa.
Cualquier tentativa de experimentar
(y luego realizar de forma estable) proyectos que salen de los confines
familiares y tranquilizadores, presupone que nuestra identidad original se ponga
en entredicho. Podemos definir una nueva experiencia como un crecimiento de
identidad. En consecuencia podemos desarrollar nuevos rasgos de personalidad y
hasta descubrir actitudes antes ignoradas, cuando estemos dispuestos a
relativizar todo lo que concurre a definir lo que somos. En el nivel neurocognitivo,
el aprendizaje continuo de una lengua extranjera, si se acompaña con
experiencias culturales repetidas, pone en marcha esas dinámicas, que favorecen
de por si la genesis de situaciones
totalmente nuevas e inesperadas. Aprender idiomas extranjeros es una forma de
fabricar puertas que llevan a otros mundos y, sobretodo, es un proceso para
conquistarse nuevas identidades.
¿Y luego que pasa? Un ser humano que
aprende a emplear más códigos culturales y comunicativos, desarrolla formas
nuevas de mirar fuera y dentro de si mismo. Puede desempeñar más papeles en el
teatro de la vida, marcharse a otro escenario si el presente no le gusta o
hasta bilocarse y actuar en dos espectáculos a la vez. No es necesario, en este
caso, plantearse un camino de desarrollo personal, porque asimilar paso a paso
un idioma extranjero (y vivirlo también) es un viaje que ya nos empieza a
cambiar un poco a la vez. Escribió Charles Baudelaire que “manejar un idioma
hábilmente es practicar una especie de hechicería evocadora”. Es precisamente
esta la magia que permite evolucionar un nuevo “yo” y multiplicarlo. Esto es un
embrujo poderoso que permite vislumbrar nuevos horizontes, imaginar alquimias
inéditas y bautizar los sueños, las emociones y los éxitos con nombres
múltiples y novedosos.
Salvatore Nizzolino
